miércoles, 26 de octubre de 2011

Página 1: Erase una vez una carta.

A los 11 años es cuando uno empieza a notar cambios bruscos a su alrededor e interiormente. Si os fijáis, el momento clave que hace pasar a un niño a la primera fase de la adolescencia es a los 11 años. Vamos a hacer un análisis, para que se entienda. Cuando cumples 11 años, siempre hay alguien en la familia que sustituye un juguete como regalo por una prenda de ropa. Normalmente unos calzoncillos. Lo cual es algo embarazoso para un chico abrir el regalo muy ilusionado y encontrarse con unos calzoncillos de lunares. ¡Plof! Mas cuando toda tu familia está con los ojos pegados en ti, e incluso con cámaras de fotos sacándote la instantánea del día. Ahí empiezas a notar el cambio, cuando alguien se te acerca y te dice: "Qué bien, Freddie. Unos calzoncillos. Ya te estás haciendo mayor". El siguiente cambio que notas es que la ropa del día anterior, que aun tenías 10 años, ya no te queda bien. ¿Cómo es posible que un pantalón te quede bien el 13 de febrero, y al día siguiente, cuando cumples los 11, ya te quede pequeño? Yo lo llamaría la maldición de los 11 años, porque tienes que cambiar de un día para otro tu armario completo. De ahí que tu tía decida empezar ese cambio con unos calzoncillos nuevos.
Uno de los cambios importantes a los 11 años es que entras en la secundaria. Según me han dicho, allí todo es distinto. Nuevo colegio, profesores, nuevas normas, nuevas asignaturas, nuevas bestias que se hacen pasar por alumnos... He de admitir que tengo un poco de miedo entrar allí. Yo siempre he sido de complexión pequeña, y ahora entrar en un sitio donde abundan los gigantes no ayuda mucho. No creáis, todos los de mi clase están acojonados. Y con razón. ¿Sabéis las cosas que uno se entera de la secundaria? ¡A LOS NOVATOS LES METEN LA CABEZA DENTRO DEL RETRETE! A mí no me harán eso, por supuesto. Yo tengo un arma que esos gigantes no tienen. ¡Un tirachinas! Y por suerte tengo buena puntería. Yo aún sigo en el último curso de la preparatoria, en sexto, pero justo en septiembre entro en la secundaria. En un instituto público, pues mis padres no tienen dinero para pagar uno privado, pero a fin de cuentas tampoco pasa nada. Prefiero estar rodeado de bestias gigantes antes que de empollones pijos. No sé dónde me sería más difícil sobrevivir. Creo que en el último.
Bueno, la mayor parte de la maldición de los 11 años consiste en eso: Los calzoncillos de lunares y la secundaria. ¿Pero qué me diríais si digo que hay un tercer cambio a los 11 que no todos tienen la oportunidad  de descubrir? ¿No sabéis de lo que hablo? Yo tampoco, pero a juzgar por lo que vendrá a continuación, tanto ustedes como yo lo entenderemos. O no...
-Fred, tu padre y yo tenemos que hablar contigo -esa es mi madre, que justo acaba de abrir la puerta de mi habitación después de mis intentos por escaparme de allí como dije anteriormente-. Ya no estás castigado, pero te esperamos en el salón. Es una reunión familiar, y es muy importante que estés tú -dicho eso, mi madre salió de la habitación dejando la puerta entre abierta. Bueno, no es el tipo de salida espectacular que yo esperaba, pero por lo menos ya no estaba castigado. Ahora la cuestión es saber si mi suerte iba a cambiar para bien o para mal. Si fuera para mal, no tendría sentido todo esto que estoy soltando. No esperé ni un minuto a levantarme del suelo y, descalzo aún, acercarme a la puerta para salir. Pero algo me inquietaba. ¿Y si al final habían optado por meterme en la cárcel? Era muy pequeño para ser encarcelado, pero uno nunca sabía. O peor aún: ¡podía ser internado! Ya veis lo que señaló expresamente mi madre: "es muy importante que estés tú". Creo que mis días de eterna paz y diabluras terminaron.


Parecía que caminaba por el corredor de la muerte. En silencio por los pasillos de mi casa, con la cabeza gacha y las manos tras la espalda. Bajé lentamente las escaleras hasta quedar de frente a la puerta del salón. ¿Y ahora? Ahora a entrar, naturalmente. A enfrentarme a mi crudo destino. Tal vez no sería tan malo vivir en la cárcel. Quizás había tarta de queso todas las mañanas para desayunar, como hacía en mi casa. Todas las mañanas empezaba con una sonrisa, y es que una tarta de queso de arándanos con un vaso de leche al lado era el mejor desayuno del mundo. Aunque mi hermano no opinara lo mismo.
Cuando entré en el salón, me encontré con las miradas de mis padres y mis hermanos en mí. Muy fijas, como si me estuvieran juzgando por algo que había hecho. ¿Mi hermano estaba a favor de que me metieran en la cárcel? ¡Traidor! ¿O es que le habían comido el coco mis padres? ¡Qué calamidad!
-Freddie, siéntate -me dijo mi padre mientras señalaba con el dedo la silla que había junto a la mesa donde solíamos almorzar. Tragué saliva y, como si fuera un perro asustado, me acerqué a la silla y me senté sin hacer ruido.
-¿Iré a la cárcel? -y en ese momento, luego de decir esa sincera pregunta, mi hermano soltó una risotada en tan solo una bocanada de aire. Le fulminé con la mirada y luego volví la vista a mis padres. Más expresamente a mi madre.
-¡Santo cielo, Freddie! No irás a la cárcel. Irás a otro sitio. A un sitio muy especial -al decirme eso, mi cara fue de un poema. ¡A un correccional! ¡Lo sabía! ¡Me llevarían a un correccional para menores! Pero tampoco soy tan malo, ¿verdad? En ese momento mi mente voló a mi última travesura, cuando hace dos días le corté el pelo a Rita Matalauva, la chica más repipi del mundo -y por desgracia, vecina mía- que se sienta delante de mí en clase. Y sí, Matalauva era su apellido. A juego con su cara, cabía aclarar. La profesora había salido del aula unos momentos, y como esa niña parecía estar en su mundo de corazones rosas, yo saqué las tijeras y ¡zasca! Solo le corté dos mechones, así que no esperaba que se pusiera a gritar como una histérica por eso. Pareció como si le hubiese cortado la cabeza completa. Para una descripción gráfica más detallada, todos mis compañeros de clase tuvieron que taparse los oídos.
Mientras mi mentecilla diminuta divagaba entre todas las travesuras que había hecho a lo largo de mi vida, el timbre de la puerta sonó desmesuradamente, por lo que volví al mundo real. Mi hermano y yo cruzamos miradas asustadas mientras que mi hermana, tan cortés como siempre a pesar de su corta infancia, fue a abrir la puerta.
-¡Dónde está! ¡Dónde está! -esa fue la voz ronca y emocionada que se escuchó cuando la puerta de entrada se abrió. ¿Que quién era? ¡Era mi abuela! A menudo discutía con mi hermano acerca de mi abuela, pues yo la veía como el Capitán Garfio mientras que mi hermano la veía como Cruella de Vil. Aunque quizás fuera una mezcla de ambos personajes.
-¿Tú la llamaste? -preguntó mi padre a mi madre en tono bajo. Y mi madre simplemente negó con la cabeza.
-¿No la has llamado tú?
Mi abuela tenía el extraño don de presentarse siempre en los momentos más inoportunos, como aquel donde mi futuro se vería afectado por rejas de hierro que me impedirían ver el mundo exterior. Era una mezcla de la bruja de Blancanieves con un parche en el ojo, un garfio en lugar de mano y que le gustaba ir cazando perritos para hacerse un abrigo de piel. ¡Fiu! Menos mal que no tenía perros en casa, si no estarían condenados a servir a la arrugada piel de mi abuela.
Mi abuela llegó hasta el salón como si fuese Pedro paseando por su casa tan tranquilamente, lo cual no me extrañó, pues desde que mi abuelo murió cuando yo tenía un año, según me contaron, comenzó a hacerlo. Seguro que tenía planes macabros para quedarse con la casa y con la poca fortuna que teníamos. ¡Usurpadora! ¡Terminaríamos durmiendo debajo de un puente!
-¡¿Cómo está mi pequeño hombrecito?! -después de esas sabias palabras mientras me miraba, ¡zas!, beso pegajoso en la cara. Claro está, no tuve objeción alguna después de eso en limpiarme la cara con un leve tono de asquedad.
-Mama, ¿cómo te has enterado? -le preguntó mi madre mientras se acercaba a ella a darle un beso afectuoso en la mejilla. Pobre de mi madre.
-¡Oh, querida! Tengo un sexto sentido para estas cosas. Ya lo sabes. ¿Cómo te va con tu marido muggle? ¿Aún sigue vivo?
A mi abuela nunca le había gustado mi padre. De ahí que le hiciera esa pregunta con un tono rintintín de soberbia y superioridad. Siempre pensé que nunca le había gustado mi padre precisamente por trabajar donde trabajaba. En una chocolatería. Para mi abuela no era un trabajo digno, pero para mí era el mejor trabajo del mundo mundial. Las tartas de queso de mi padre eran las mejores del mundo, y siempre me despertaba con una para desayunar. No obstante, siempre llamaba a mi padre de una forma un poco rara. ¿Quién o qué diablos era "muggle"?
-Mamá, no empecemos -le respondió mi madre con su tono afectuoso de siempre-. No entiendo por qué no te hiciste profesora de adivinación. Serías la ideal para el trabajo -los mayores siempre hablaban de cosas raras. No tenía ni idea de que existiera una asignatura con ese nombre, pero me dio igual. Después de que mi abuela le diera otro beso pegajoso a mi hermano y a mi hermana, me acerqué a ellos con cara de poema y encogiéndome de hombros.
-Yo tampoco entendía mucho hace unos minutos, pero creo que ya tiene todo su explicación -me dijo mi hermano al oído con una sonrisa feliz en la cara. ¿Por qué tanta felicidad? ¿Nos había tocado la lotería? Normalmente el que siempre estaba feliz era yo.  Bueno, y mi hermana un poco.
-¡Vamos! ¡Dásela, Kaeth! -le dijo mi abuela con ímpetu y emoción mientras me miraba-. ¡Adoro los 11 años! -y añoras un manicomio... Lo siento, pero no pude evitar que entrara ese pensamiento en mi mente.
Mi madre se acercó a mí y... ¡¿era una sonrisa orgullosa lo que mostraba en su rostro?! Todo esto me estaba asustando. Mi madre se acercó a mí y me entregó un sobre blanco muy bien cerrado con un escudo extraño en la superficie. Lo que parecía un escudo de algún sitio. Yo alcé mi mano y la cogí lentamente aun sin entender. Aunque a juzgar por la expresión de mis hermanos, mi abuela y mis padres, tenía que abrirla. Ya entiendo. La carta de aceptación en el correccional y todos contentos, ¿no? A veces pensaba que el único cuerdo de la familia era yo. Lo cual era totalmente cierto. ¡Esto era una familia de locos! Así pues, con un poco de nerviosismo y miedo, abrí el sobre y saqué una carta blanca bien doblada. La desdoblé y comencé a leer, pero enseguida mi abuela me mandó a que leyera en voz alta. Sí, mi abuela era la típica mandona que mandaba a callar cuando lo requería y mandaba a hablar cuando le venía en ganas. Nunca entendí eso.
-Estimado señor Highmore, nos complace informarle que...


Terremoto.

1 comentario:

  1. ¡ME EN-CAN-TÓ! OMG! Es genial Fredd, la verdad te has lucido. Has sacado tu lado de escritor y te ha salido de perlas. He muerto de la risa con los pensamientos de Freddie y... ¡me encanta! No puedo esperar a ver qué más sigue... *-*

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