lunes, 24 de octubre de 2011

Erase una vez el prólogo.

Abriendo el diario cuaderno...


Para empezar, mi nombre es Freddie. Os diría mi verdadero nombre, pero si lo hiciera, mi humilde estatus social de 11 años se vería reducida por una serie de circunstancias de las cuales prefiero no hablar. Como me dice mi madre la mayoría de las veces, calladito estoy más guapo. Quisiera aclarar que esto NO ES UN DIARIO. Simplemente serán anotaciones que iré apuntando a medida que pasen los días y mi suerte vaya en aumento. Tengo 11 años, por lo que aún no soy ningún amargado que se lamenta de su mala suerte ni que piensa tirarse por el balcón de su habitación porque le haya ido mal en un examen de geografía. Aunque eso último sea cierto. Mi hermano me dice que soy un puñetero arcoíris de colores cursis. En cambio mi hermana me dice que soy el niño dulce que muchas hermanas querrían tener. Mis padres... bueno, mis padres dicen que soy un pequeño y dulce angelito rojo con cola y cuernos, pero que me quieren igual, y mi abuela que soy el mismísimo diablo en persona. Aunque indudablemente no comparto esa idea.
¿Alguna vez habéis pensado qué siente exactamente un niño de 11 años cuando su vida se ve cambiada repentinamente por una serie de acontecimientos que determinarán sí o sí su futuro? Para un niño de 11 años es muy importante saber qué futuro le depara, aunque los demás niños no compartan esa idea. Yo tengo razón, por supuesto. Tienes que empezar a plantearte tu vida desde el momento en que cumples 11 años. Pero tampoco hay que darle importancia extrema, pues una de las cosas que más interesa a esa edad es reírte de las incoherencias que dicen los adultos, disfrutar embobados de sus rabietas, jugar con videojuegos y pensar en una buena travesura para hacerle a tu vecina repipi. Es muy divertido eso último, creedme.
Mi hermano me dijo una vez que los padres son como los chicles. Cuando los masticas las tres primeras veces, saben a fresa, pero luego de masticarlos más veces, pierden el sabor y se hacen monótonos. No es que comparta esa idea de comparar a los padres con unos chicles, pero fue divertido pensarlo por un momento. Además, se asemeja a lo que los padres son. Todo el rato dándonos órdenes y castigándonos cuando lo más que hemos hecho ha sido cortarle el pelo a la niña idiota que se sienta delante de nosotros en nuestra clase. ¿NO LES BASTA CON QUE NOS EXPULSEN DEL COLEGIO? Claro que no. Ellos siempre quieren quedar por delante. Pues al principio esos castigos son de los más novedosos, pero cuando lo hacen una y otra y otra y otra y otra vez, ya uno se acostumbra y se cansa. No se puedes ser un hombre de provecho así. Cuando tengas 30 años, vayas a una entrevista de trabajo muy importante y te pregunten qué has hecho de provecho anteriormente, ¡NO PUEDES DECIR QUE HAS ESTADO ENCERRADO EN TU HABITACIÓN DE POR VIDA PORQUE TUS PADRES TE CASTIGABAN! Así es. ¿Por qué demonios creéis que estoy escribiendo verdades en un simple cuaderno de matemáticas? ¡Porque no puedo salir de mi habitación, caray! Pero como ya he dicho, mi suerte va a cambiar, y desde este mismo momento haré todo lo posible porque eso pase. Mi primer objetivo es salir de mi habitación sin que mis padres se enteren. ¿Estáis de acuerdo? Porque yo sí...

2 comentarios:

  1. Ay, ¡me encanta! :ligón: Dan ganas de leer mucho más. Te felicito por la idea y por supuesto que tienes mi apoyo a pleno. ¡Y a tu fan number one! 8)

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  2. Está buenísimo jaja que me lo imagino y todo, yo lo sigo, sí señor ;) Te quiero!!

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